miércoles, enero 31, 2007

Como la vida misma




Estos jovencitos me traen recuerdos lejanos. ¡Que tiempos aquellos! Quizás por eso es por lo que me caen bien y les consienta, hasta cierto punto, alguna que otra barrabasada, y es que hace tiempo, mucho tiempo....

Faltaba una semana para los carnavales, desde hacia unas cuantas semanas todo el mundo preparaba sus disfraces, mascaras y maquillaje para saltar bien preparado a la calle, lo más importante era no ser reconocido fácilmente, si uno quería ser durante unas horas otra persona u otra cosa, olvidarse de uno mismo e identificarse con su nueva personalidad requería reservar el secreto y compartirlo solamente con los amigos más íntimos.
Ese fin de semana estábamos invitados a una fiesta precarnaval en un ático que pertenecía al amigo de la novia de otro amigo, o algo así creo recordar, el caso es que allí estábamos, un grupo heterogéneo, más o menos conocidos, pero como el ambiente resultó muy agradable, no tardamos en conectar con casi todo el mundo.
Nuestro grupo aportaba unas diez o doce personas, si las analizamos sociológicamente podrían servirnos para resumir y extrapolar sus características al resto de gente que se encontraba en el ático.
Principalmente podríamos dividirnos en dos subgrupos, todos vivíamos repartidos en dos pisos y casualmente esta diferencia nos identificaba con uno u otro subgrupo; el otro piso, es decir, en el que no vivo yo, lo compartían cuatro chicas, bueno en realidad vivía con ellas más gente, otros cuatro chicos muy caseros ellos, pero esa noche no estaban y por lo tanto no los nombrararé pero había que hacerlo constar, más que nada por razones sociológicas ya que estamos metidos en materia. También sería interesante que supieran que los pisos que ocupábamos eran muy grandes, grandísimos, sobre todo el nuestro, el caso es que esas cuatro chicas eran las siguientes:
Lola; fea y delgada, desde que la conocí supe que su destino era casarse con Pepín, un muchacho que no vino esa noche pero que era muy gracioso y que superaba con creces la fealdad de su futura novia.
Lo más gracioso de ella, puede que lo único, era que no sabía guiñar el ojo, bueno un ojo solo, ninguno de los dos, solo podía cerrar ambos a la vez.
Berta; bajita y regordeta, sus compañeros de piso la llamaban cariñosamente la “albóndiga” o la “mesa camilla”, yo personalmente la recuerdo como una persona entrañable y cariñosa, es más, trabajé con ella temporalmente y fue muy agradable, con esto quiero hacer notar la diferencia de educación y talante que había entre una y otra vivienda; también he de hacer otra aclaración, los dos subgrupos teníamos, y seguramente tendremos después de tanto tiempo, la misma profesión, pero no diré cual porque no creo que interese demasiado sociológicamente ni afecte a la historia en si.
Mari Carmen; compañera de trabajo extraña y distante, no se le conocían novios, pocos conocimos su pasado y actualmente desconozco cual a sido su futuro, durante mucho tiempo nos tuvo en vilo, intrigados con ese halo de enigma y misterio, pero hace tiempo estuve saliendo con una amiga suya, la conocía del pueblo, no se cual, pero uno muy remoto, conocía incluso a su madre, creo que fueron vecinas y compañeras de colegio y desde ese instante todos, -no pude guardar el secreto-, perdimos el interés por ella. Todo era fachada, nada había en ella que resaltar, era tan vulgar que nos engañó a todos, pronto se mudaría y desapareció de nuestras vidas.
Luisa; estaba buena, morena, alta y delgada, no se si como su madre porque nuestra relación fue corta y no tuve el gusto. Podría asegurar, sin temor a equivocarme y sin caer en el error de ser vanidoso, que yo le gustaba, creo que aunque mi autoestima sea considerable, estoy casi seguro de no ser tan tonto como para no darme cuenta de algunas cosas. Normalmente las chicas no van haciendo cosas raras a tu alrededor ni hacen que ciertas situaciones ocurran como por casualidad, me gusta observar y calcular, de hecho la estadística es mi una de mis variadas aficiones, por lo tanto no es de extrañar que llegué a esta conclusión.
Cada vez que paseábamos, ella y yo, acabábamos juntos y solos, o delante de lo otros siete u ocho o detrás de nueve o diez, porque todo hay que decirlo por esa época salíamos prácticamente en manada, si nos sentábamos, a pesar de que estadísticamente las posibilidades de sentarnos uno al lado del otro eran pocas, al final de una serie de estudiados, creo yo, cambios de silla terminábamos codo con codo. Sus amigas le ayudaban con un plan estratégico cuidadosamente planeado, ni los equipos de ciclistas que compiten en La Vuelta o en “Le Tour” lo tienen tan bien estudiado, la táctica es idéntica; primero atacan una o dos de ellas, con cualquier excusa te apartan del lado de un buen amigo con el que mantenías una interesante conversación sobre ópera o planeábamos alguna solución para erradicar el hambre del tercer mundo o cualquier otro tema que por casualidad se nos ocurriera.
El caso es que sin darme cuenta, sin comerlo ni beberlo, siempre estaba conmigo, si nos sentabamos en una terraza, ella a mi lado, si ibamos en coche, ella a mi lado, si me cambiaba de coche o de silla en el último instante, Mari Carmen, la misteriosa, se las ingeniaba, para que con cualquier excusa de lo mas peregrina, todos movieramos ficha, nos barajáramos y así, tontamente, termináramos ella y yo juntos.
Los hilos del destino me empujaban hacia ella y yo era plenamente consciente de ello

2 comentarios:

India Ning dijo...

Supongo que este estudio sociológico del año de la picó, continuará. ¿Qué sabe usted de lo que el destino deparó a esos cuatro bellezones? Cuente, cuente, que no me muevo de aquí hasta la próxima entrega.

Harapos dijo...

¿Por qué si leo esta entrada desde bloglines, es toda ella un vínculo a una foto de un gato mojado? Misterios de la vida (misma)